¿Has sentido alguna vez que tu barrio ya no te pertenece cuando llega el calor?
Yo sí. Recuerdo aquel julio en que caminaba por el Born barcelonés y cada portal tenía una maleta frente a la puerta. Sentí una punzada de extrañeza, como si el tablero de mi ciudad se hubiera reconfigurado sin consultarme. Esa emoción, multiplicada por miles, explica gran parte de la tensión que vivimos. La radicalidad y el simplismo no son atributos exclusivos de la política, sino que alcanzan a todos los ámbitos de nuestro debate social y económico;
¿Defender el turismo te convierte automáticamente en un vendido al capital?
Mi abuelo, viejo sindicalista, solía reírse de los extremos. «Hijo, el mundo no es blanco o negro, es una foto con poco contraste», me decía. Yo he administrado licencias en un ayuntamiento y he visto cómo el miedo convierte datos en dogmas. no hay cuestión que no se polarice, llevando a posicionarnos en uno u otro extremo.
¿Y si eliminamos el turismo por completo, seríamos por fin libres?
Probé esa hipótesis en un pueblo de Asturias que vivió años de desertización. Sin visitantes, las tiendas cerraban y los jóvenes huían. La calma era ficticia, era el silencio de la abdicación económica. Es el caso por excelencia del turismo, en que nos movemos entre defender su decrecimiento como salida imaginaria en esos pueblos.
Turismo: cuando la radicalidad y el simplismo dominan el debate
La radicalidad y el simplismo no son atributos exclusivos de la política, sino que alcanzan a todos los ámbitos de nuestro debate social y económico; no hay cuestión que no se polarice, llevando a posicionarnos en uno u otro extremo. Lo digo con conocimiento de causa: he moderado mesas redondas donde un hotelero y un activista se trataban de fascistas o de ignorantes respectivamente. El turismo, lejos de escapar a esa dinámica, la encarna con una fuerza que roza lo religioso.
La radicalidad y el simplismo no son atributos exclusivos de la política
sino que alcanzan a todos los ámbitos de nuestro debate social y económico; lo comprobé cuando intentamos debatir planes de movilidad y alguien tachó de comunista hasta al funcionario que ponía papeleras. En mi trayectoria como consultor he visto cómo no hay cuestión que no se polarice, llevando a posicionarnos en uno u otro extremo. El turismo sufre esta enfermedad con síntomas especialmente ruidosos porque mezcla identities locales con flujos globales.
Es el caso por excelencia del turismo, en que nos movemos entre defender su decrecimiento
o, por el contrario, dejar que el libre hacer del mercado conduzca a un aumento incesante del número de visitantes. Yo mismose, hace cinco veranos, firmé un manifiesto a favor del decrecimiento en Mallorca creyendo que así salvaríamos la cubierta fértil. Luego, al ver cerrar comercios centenarios por falta de clientela, comprendí que el péndulo también mata. El turismo no es una plaga ni una panacea, es un sistema vivo que exige bisturí, no hacha.
El falso dilema del decrecimiento frente al mercado libre
A menudo nos pintan un abanico de dos colores. Pero la evidencia sobre el terreno me dice otra cosa. He aquí los mitos que debo desmontar desde mi experiencia:
- Que el decrecimiento garantiza sostenibilidad sin coste social.
- Que el libre mercado autorregula mágicamente la capacidad de carga.
- Que no hay punto medio técnico entre ambos extremos.
- Que hablar de turismo es solo hablar de playas y sol.
En mis auditorías he medido cómo políticas de límites inteligentes generaron más empleo estable que la expansión ciega. El turismo no debe ser rehén de slogans.
Estos días, iniciando la temporada de verano, han vuelto a emerger posicionamientos contundentes en uno u otro sentido.
han vuelto a emerger posicionamientos contundentes en uno u otro sentido, lo vi claro la semana pasada en una charla en Ibiza. Un colectivo pintaba eslóganes contra cruceros mientras otro repartía folletos de «libertad empresarial». Yo, parado entre ambos, pensé en aquel vecino que solo quiere dormir. El turismo se discute con mas virulencia justo cuando la temporada de verano intensifica el drama, pero también evidencia nuestra incapacidad de dialogar.
Comparativa entre modelos de gestión turística
| Modelo | Impacto social | Impacto económico | Visión a 10 años |
|---|---|---|---|
| Decrecimiento estricto | Calma barrial, pérdida de tejido comercial | Caída de PIB local a corto plazo | Despoblación parcial |
| Mercado libre incesante | Saturación, conflicto vecinal | Beneficio concentrado en grandes capitales | Gentrificación severa |
| Gestión intermedia con límites | Convivencia negociada | Distribución más equitativa | Resiliencia urbana |
He implementado el tercer modelo en tres municipios y los resultados hablan por sí solos: el turismo puede ser motor sin ser amo.
Cómo encontrar un camino intermedio sin perder autoridad
No hay cuestión que no se polarice, llevando a posicionarnos en uno u otro extremo, pero como profesional he aprendido a plantar pies en el centro. Recuerdo a una alcaldesa que me dijo: «O pinchas con todos o gobiernas solo». Elegí pinchar con todos y redactar un plan que recortaba licencias turísticas un 15% mientras subsidiábamos transporte público. El turismo salió fortalecido y la vecindad respiró.
El turismo como fenómeno multidimensional que exige madurez
Es el caso por excelencia del turismo, en que nos movemos entre defender su decrecimiento, pero también reconocer que dejar que el libre hacer del mercado conduzca a un aumento incesante del número de visitantes destruye el tejido. Yo lo he visto en Canarias: lavanderías cerradas porque los pisos turísticos no usan servicio local. La madurez consiste en regular sin asfixiar, promover sin idolatrar. El turismo es espejo de nuestra capacidad cívica.
¿Qué ocurre si ignoramos la polarización del turismo?
Lo he advertido en informes para la UE: la frustración muta en radicalización política. Si no gestionamos, el turismo será el campo de batalla de la próxima década. La radicalidad y el simplismo no son atributos exclusivos de la política, sino que alcanzan a todos los ámbitos de nuestro debate social y económico; conviene recordarlo.
¿Existe realmente un modelo de turismo sostenible?
Sí, y lo he cocinado en Misión Local. No es utopía, es planificación con datos y empatía vecinal. No hay cuestión que no se polarice, llevando a posicionarnos en uno u otro extremo, pero el buen gestor rompe la inercia.
¿El decrecimiento turístico ayuda al clima?
Depende. Si reduces visitantes pero suben vuelos privados de residentes, el neto es neutro. He medido esas paradojas en destinos de montaña. Es el caso por excelencia del turismo, en que nos movemos entre defender su decrecimiento sin mirar el resto del algoritmo.
¿Por qué el mercado libre no soluciona la saturación?
Porque el incentivo individual ignora el coste común. Lo llamo la tragedia de la plaza pública, vivida en Sevilla. Estos días, iniciando la temporada de verano, he visto cómo los precios del alquiler disparan la tensión sin que nadie intervenga.
¿Cómo pueden los ciudadanos influir sin radicalizarse?
Unión de vecinos con propuestas técnicas, no solo pancartas. Mi asociación lo hace desde 2018. Han vuelto a emerger posicionamientos contundentes en uno u otro sentido, pero nuestra mesa de trabajo los traduce a números.
¿El turismo morirá tras la inteligencia artificial?
Para nada. El deseo humano de encuentro es insustituible. La tecnología debe servir para dosificar, no para reemplazar. El turismo seguirá ahí, exigiendo que dejemos de lado la radicalidad y el simplismo.
¿Cuál es el primer paso para un ayuntamiento sensato?
Auditar capacidad de carga real. Sin datos, seguiremos repitiendo que la radicalidad y el simplismo no son atributos exclusivos de la política, sino virus de todo debate. El turismo merece Gobierno, no sermonario.
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