Durante años, el aumento exponencial de los casos de miopía en todo el mundo se ha atribuido de forma casi exclusiva al incremento del tiempo de exposición a las pantallas. Sin embargo, una nueva investigación de la Facultad de Optometría de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) sugiere que la explicación es más compleja y reside en un hábito visual humano muy concreto: el enfoque prolongado de objetos cercanos en entornos con poca luz. El estudio, que se publica en ‘Cell Reports’, propone que la miopía podría estar impulsada no tanto por los dispositivos en sí, sino por cómo el ojo regula la entrada de luz durante tareas de cerca en interiores.
¿Cuál es la nueva hipótesis sobre la causa de la miopía?
La nueva hipótesis, liderada por el investigador José Manuel Alonso de la SUNY, sugiere que el factor crítico no es el uso de pantallas en abstracto, sino el hábito de realizar un enfoque visual sostenido de objetos cercanos (como libros, móviles o tabletas) en interiores con iluminación insuficiente. Esta combinación provoca una contracción excesiva de la pupila, lo que limita drásticamente la cantidad de luz que llega a la retina. Esta reducción de la iluminación retinal impairiría una actividad neuronal robusta necesaria para el desarrollo ocular saludable, favoreciendo así la aparición y progresión de la miopía. Como señala Alonso, esto unifica por qué tratamientos dispares como las gotas de atropina, lentes especiales o pasar tiempo al aire libre funcionan, ya que todos ellos, de forma directa o indirecta, aumentan la luz retinal o reducen el esfuerzo de enfoque cercano.
¿Qué papel juega la pupila en el desarrollo de la miopía según este estudio?
El estudio identifica a la pupila como un elemento clave. La investigadora Urusha Maharjan explica que, en exteriores con luz brillante, la pupila se contrae automáticamente para proteger el ojo, pero esta contracción no limita la luz retinal porque la iluminación ambiental es muy alta. El problema surge en interiores con poca luz: cuando enfocamos de cerca, los músculos del ojo contraen la pupila para aumentar la profundidad de foco. En un ambiente con poca luminosidad, esta doble contracción (por enfoque y por baja luz) puede reducir de forma severa la cantidad de luz que llega a la retina. Cuanto más tiempo se mantiene este estado de contracción pupilar sostenida (20-40 minutos o más), mayor es el riesgo, especialmente en personas que ya son miopes o tienen una alta graduación que requiere más esfuerzo de enfoque.
¿Por qué pasar tiempo al aire libre ayuda a prevenir la miopía?
Pasar tiempo al aire libre ayuda por dos razones principales relacionadas con esta nueva hipótesis. Primero, la luz ambiental en exteriores es mucho más intensa, lo que garantiza una iluminación retinal abundante incluso si la pupila se contrae por el brillo o por mirar a distancia. Segundo, al aire libre tendemos a mirar a distancias largas, lo que minimiza o elimina el esfuerzo de acomodación (el enfoque cercano) y, por tanto, la contracción pupilar asociada a él. Según Alonso, este tiempo al aire libre ‘descansa’ el sistema de enfoque cercano y permite un patrón de iluminación retinal más natural y robusto. Esta es la razón por la que múltiples estudios han demostrado que más horas de actividades al aire libre se correlacionan consistentemente con una menor incidencia y progresión de la miopía, independientemente de otros factores.
¿La genética sigue siendo un factor importante en la miopía?
Sí, la genética sigue siendo un factor determinante muy importante. La predisposición genética establece el ‘rango’ o susceptibilidad base que tiene una persona para desarrollar miopía. Sin embargo, el investigador José Manuel Alonso enfatiza que el explosion epidémico de miopía en las últimas décadas, especialmente en poblaciones urbanas de Asia Oriental (donde afecta hasta al 90% de los jóvenes), es demasiado rápido para ser explicado únicamente por cambios genéticos. Este rápido aumento apunta abrumadoramente a factores ambientales y de comportamiento, como los que describe su nuevo estudio. Por tanto, se entiende que la genética carga el arma, pero el ambiente (hábitos visuales e iluminación) aprieta el gatillo. Una persona con alta carga genética puede evitar o retrasar la miopía con hábitos protectores, mientras que alguien con baja predisposición puede desarrollarla si tiene hábitos de riesgo extremos.
¿Cómo encajan las gotas de atropina en esta nueva teoría?
Las gotas de atropina de baja concentración son un tratamiento farmacológico muy eficaz para ralentizar la progresión de la miopía. Esta nueva hipótesis ofrece una explicación fisiológica plausible para su éxito: la atropina bloquea parcialmente los receptores muscarínicos en el músculo ciliar del ojo, lo que reduce directa y significativamente la capacidad del ojo para contraer la pupila durante el enfoque cercano (acomodación). Al limitar esta contracción pupilar, se permite que pase más luz a la retina incluso durante tareas de cerca en interiores. Esto apoya la idea central del estudio: que limitar la contracción pupilar inducida por el esfuerzo acomodativo es un mecanismo clave para controlar la miopía. Por lo tanto, la atropina actuaría como una ‘ayuda química’ que compensa el hábito visual de riesgo, aunque no sustituye la necesidad de modificar esos hábitos.
¿Qué recomendaciones prácticas se pueden derivar de este estudio para prevenir la miopía?
El estudio sugiere que la prevención debe centrarse en dos pilares: 1) Maximizar la luz retinal durante las tareas de cerca en interiores. Esto implica trabajar o estudiar en habitaciones bien iluminadas, preferiblemente con luz natural o luces brillantes que eviten el ambiente tenue. 2) Minimizar la duración y la intensidad del esfuerzo de enfoque cercano sostenido. Es crucial hacer pausas frecuentes (cada 20-30 minutos) usando la regla 20-20-20 (mirar 20 segundos a algo a 20 pies/6 metros de distancia). La recomendación más poderosa sigue ser accumulate al menos 2 horas diarias de actividades al aire libre, donde la luz brillante y la distancia de fijación natural protegen la retina. Alonso concluye que, si bien se necesita más investigación, estos cambios en el entorno y los hábitos son estrategias de bajo riesgo y alta plausibilidad basadas en una fisiología mensurable.

